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Suicidio colectivo

Te voy a contar una historia tremenda.
Subí una vez al último piso del edificio Someillan, en La Habana, y me tiré al vacío. No me morí. Me levanté incorporándome el flequillo, abrochándome un par de botones. Eso fue todo. Miré hacia arriba, y enfadado lo intenté otra vez.
Al llegar a la última planta, más de 30 pisos, los pintores que acondicionaban las paredes no me dejaban pasar, decían que se había tirado uno y que estaba al venir la policía. Coño fuí yo, ¿no te acuerdas que tropecé con una lata de pintura? El pintor en jefe me miró con su cara arrugada de calor y me dijo, no eres tú. Lo siento, pero no eres tú. Era un tipo mucho más alto, casi gordo, negrito… Vaya, dije. ¿Tienes un baño por ahí? Sí, la primera puerta no, la segunda, me dijo, por ese pasillo.
Ya en el baño me dediqué en realidad a mirarme en el espejo. Estaba bien claro, era yo. Mi flequillo, mi cara chupada de hambre, mis ojos chinos de blanquito del barrio chino de la Habana, bajito, sí, como soy vamos… No entiendo a ese pintor muy jefe que dice que yo no soy yo. Bueno, deja ver si quepo por esa ventana. No hizo falta sacar el pie, mi peso me venció y salí volando sin tener tiempo de contar los pisos que se sucedían hasta que llegué bien rápido a la calle. No me morí. Me levanté y a la vez me puse los espejuelos, la gorra de las FAR, y recogí los grados de capitán que se soltaron de la charretera.
El pintor en jefe cuando me vió me dejó pasar sin problemas, un militar con grados en Cuba tiene vía libre. Así que me interesé un poco por la pintura y los trabajos que estaban haciendo en la última planta. Los pintores fueron comentando rumores que escuchaban de otros que también comentaban rumores. Sacando alguna conclusión clara, se trataba de la futura casa de alguna personalidad del gobierno, no importa artista, militar o del partido, sería alguien con tal poder que disfrutaría de un apartamento de lujo, con piscina, vista panorámica al mar, al océano completo vaya, ciertamente una vista impresionante de toda la Habana. ¿Puedo usar el baño? Está ocupado. ¿Cómo que ocupado? Chico pero si soy yo el que estaba en el baño. ¡Qué va!, era un chino con un flequillo a lo Elvis. No me jodas, soy yo viejo…, blanco, normal, ojos grandes. Perdone Capitán, pero eso no puede ser. Bien, allá tú con tu conciencia de pintor incrédulo.
Y salí corriendo por dónde sabía estaba la puerta hacia el mar, lanzándome definitivamente. Tuve tiempo, a esa altura, de ver un barco a lo lejos. Luego los techos de los carros viejos americanos se fueron haciendo más grandes, los árboles, las bicicletas, todo aumentaba de tamaño, pero aún quedaban unos cuántos metros para llegar al mar.
Así que me levanté otra vez, recogí toda mi melena de rockero pornográfico en un moño, quité una cuerda partida a mi guitarra, y miré hacia arriba, hacia la última planta del edificio Somiellan.
a.c.rey.12.2008

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3 comments on “Suicidio colectivo”

  1. GRacias Verónica, Rosa¡
    Sí. Ese alguien que siempre es el mismo somos todos, o muchos, queriendo aquello que no tenemos. El resto de las interpretaciones que expresas me sorprenden, por lo lógico y la razón, porque no lo tuve en cuenta cuando esto me salió casi tal cuál lo ves.
    Rosa, sí, veremos qué pasa.

  2. Muy interesante! Y la repeticion misma nos enreda en una trama que quizás quiere decir más: uno siempre es el mismo, o uno actúa siempre el mismo acto, o uno siempre está en el mismo lugar, o uno siempre tiene la misma y recurrente intención. Buena literatura para leer en la mañana, Papelbit, gracias!
    Verónica

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