I
Caminaba dirección Oeste por encima del muro del malecón. La Habana tenía un tono sepia sin ayuda de Photoshop, y él, de apenas veinte años, tenía una botella de alcohol filtrado, mezclado con agua, y una desilusión tan grande que mezcló la frontera entre ciudad y mar, entre mar y ciudad. Abandonó su línea, y el diente de perro del arrecife de la costa le mordió la cabeza, las manos, y los pies.
II
Los primeros en llegar fueron los cangrejos y las estrellas de mar. Cosa extraña esta cuando se sabe que rápidos no son. Pero allí estaban. Una estrella se situó en lo que quedaba de frente, adquiriendo el chico un aspecto de foto pública, o de personaje ya publicado otras veces. Los cangrejos como no avanzan hacia delante, en realidad, se desentendieron y se fueron. Más tarde, un poco nada más, llegaron otros pequeños cangrejos más activos y curiosos, que con sus muelas cortaban la tela hasta llegar al alimento. También llegó dejando ocho huellas en la escena algún que otro pulpo chico de los que se usan para carnada de peces más grande, iba por la calle del brazo.
III
El segundo en llegar fue el viento. Cuando sucedió todo, el mar estaba en calma, como un plato, una gran sábana azul hasta el horizonte. Luego, el viento comenzó a soplar suave, una brisa apenas, que movía con delicadeza los pelos rojos del muchacho. Sopló cada vez con más fuerza, hasta que las ondas de aire levantaron la camisa, también roja, hinchándola como un globo. Hasta que se cansó de jugar con el cuerpo y se fue. Pero las olas que provocó se llevaron parte de la botella de ron y el zapato izquierdo.
IV
Era verano. Cuando llegó la gente semidesnuda, como se anda allá en la Habana, y sudando copiosamente, también como se vive, el muchacho se estaba yendo. El mar, el calor, y los cangrejos, le estaban haciendo suyo poco a poco. Por eso la gente empezó a comentar que había sido un asesino, un descuartizador de almas que andaba suelto por ahí. Y un rumor, siempre crece exponencialmente, sobre todo en esa ciudad donde las noticias viven fuera de los periódicos y de las revistas. También fuera de la televisión, que sólo habla de las metáforas de las estrellas de mar.
V
Los últimos en llegar siempre son los policías, cuando ya el día casi estaba acabado, cuando la luz sepia daba paso al blanco y negro de la penumbra. Llegaron espantando a la gente con porras y amenazas como si fuesen moscas, insectos del pueblo. Hicieron un cordón alrededor del hecho, que se transformaría en nudo cuando llegó la ambulancia, porque la gente quería saber, y se aglutinaban, empujándose unos a otros, y estos con la policía. Entonces alguien de la multitud escuchó que un guardia dijo a otro que este era como el quinto caso de similares condiciones. Gente joven que aparecen desparramados sobre el arrecife, dijo. Un día más tarde, oficialmente se informó todo lo ocurrido en una oración, Incidente en el Malecón solucionado, dijo la prensa. Y ya está.
VI
Cuando las cosas no se dicen como son, se queda la puerta abierta a la difamación, advirtió la madre al padre. Por lo que ambos reclamaron al Gobierno que desenmascarase al que mató a su hijo, con alguna que otra insinuación velada. Querían saber cómo o porqué murió. Y el Gobierno dijo que fue su propia culpa por tomar ron clandestino e ilegal. Cuestión de calidad, informaría la prensa pasados unos días. Pero los padres, lloraron clandestinamente sabiendo que su hijo no murió culpándose, ni mucho menos.
VII
Ayer vieron a los padres del último que murió, con la cabeza como una frutabomba, paseando encima del malecón con sendas botellas de alcohol filtrado. Detrás iban otros padres, y otros jóvenes. La prensa, ese día, en la columna científica, había informado que en el arrecife las poblaciones de cangrejos, pulpos y estrellas de mar, se habían incrementado. El calentamiento de la Tierra, era la causa.
ACRey.