Escenario A

– ¡Mjhkilgrty bolog hnmbjh et unftgnbh! – dijo la madre rumana a su hijo casi adolescente. Estaba yo en el autobús. No hacía falta entender nada. El chico comenzó a fruncir el ceño hasta que finalmente se le pusieron los ojos rojos y acuosos. Entendí que cada estampa de la ciudad reafirma que los rumanos son el mayor grupo inmigrante en España. Y que no se debe prejuciar a nadie. Antes, la madre rumana se había levantado de su sitio para dar el asiento a mi niña de cuatro años.

Escenario B

Mis padres vinieron a España y fuimos a Barcelona. Paseábamos por la Rambla revueltos en flores, pájaros en celdas, estancos de periódicos, gente destacable de la Rambla, estatuas humanas y turistas, cuando saqué mi pequeña Nikon para tomar una foto típica del momento atípico de mis padres en España. Al mirar por el visor buscando el encuadre, desistí. Mi familia y yo empezamos a contemplar cómo otra familia, de Barcelona, paseaba un cerdo pequeño como si fuera un perro, cadena en mano y extensible. Acaso dos o tres personas más repararon en la mascota.

Escenario C

Cualquiera diría que hoy es el día del cerdo. Pero el Escenario B me ha recordado que en el último viaje que hice a Cuba, año 2005, veníamos mi novia y yo de las Playas del Este en guagua hacia La Habana. Porque yo quería enseñarle a ella lo que era ir en guagua, coger «camellos» y todo eso. En Cuba no es lo mismo viajar como turista que como cubano. Y tuvimos suerte. Llegando a la entrada del túnel de La Habana se escuchó un chillido agudo por toda la guagua. También se escuchó la voz del dueño – ¡cuidao con mi puerco, caballeros, que se ha escapao!

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