M

Más que un poema esto podría ser una pared de roca en el Monte Fuji, allá perdida en lo recóndito de un país oriental. Sólo decir «oriental» suena muy lejos. Ubico esta historia dónde Dios perdió sus zapatillas (según cuentan) porque de alguna manera he de protegerme, como si fuese fácil, como si fuese coser y cantar, boleros y gorritos peruanos.

Lo que siento aún está por escribir, y luego, siglos después, como le pasó a Shakespeare, todo el mundo se volverá loco por interpretar mi historia, que dicho sea de paso, es melodramática. Hamlet es un gnomo. Mira tú, qué seguridad en uno mismo.

Mis amores fueron profundos como los pozos furtivos de España, esos que surgen por obra y gracia de la codicia, pero no he codiciado a mis amores, los he atado de palabras, los he impreso de luz, esas cosas que se me dan bien. Podría haberles calculado una derivada logarítmica, pero no, no es romántico esas sandeces sesudas. En cambio, un verso que te desnuda como si fuese magia, eso sí es de reconocer. Cirano pues sólo tenía más grande que yo la nariz. Cuando siento el poder de la palabra, rejuvenezco, cuando siento tus muslos de pollo criollo delgados y efímeros, tus alitas, tus ojitos grandes y expresivos, rejuvenezco. Contradicción. No te ofendas, han sido torneados con exquisita dulzura en el corral del Olimpo. Ahora es cuando Zeus me tira rayos y centellas, ¡qué ofensa es esa al todo poderoso!

Cuando siento que puedo expresar lo que siento llorando (literal), te juro, no sé qué pensar. En realidad no es un problema de tristeza, le doy esquinazo. Sinceramente, no sé cuál es el problema, aunque podría saberlo dada mi experiencia. Yo creo que estoy lleno del Todo más específico. Sé que es una contradicción. Y me preguntarás: ¿Qué coño es un Todo específico? Toma asiento.

Me dijeron cuando empecé a escribir de una manera razonablemente no amateur que leyese libros sin conocimiento, o con conocimiento de causa, pero tengo tantas cosas que aprender todavía que leo de todo, y no precisamente literatura, ni poesía. Suena un poco raro, pero es así. Sin embargo, he leído muchos primeros párrafos. Nada como ir a una biblioteca, una librería, y leerme todos los primeros párrafos de todos los libros que pasen por mi mano, como un pequeño ladrón que hurta trozos de libros, y específicamente, que hurta primeros párrafos, gratis, sin pagar. Reafirmación. Los primeros párrafos son tan importantes como el primer amor.

Ella se llama L, sería injusto nombrarle en pasado ya que a día hoy, recuerda, en el pasado, porque seré como un Shakespeare tropical y me cantarán Odas, vive y colea con su familia en Estados Unidos. Era rubia como el personaje de Rubén Blades que lo tenía todo rubio, hasta los dientes. Y era blanca. Y era hermosa. Luego vino una morena cubana rusa inclasificable. Da Tabarich tenía a los infantes adolescentes babeando todo el día como babean las flores con el rocío, lo suficientemente mayor que yo para aprender el amor con tiza.

Luego vino M, una científica que no sé exactamente que hacía en el laboratorio además de tirarme células a la cabeza. En fin, me analizó. Y quedé prendado de tal pericia científica que era poco menos que una pipeta. Es curioso, la sensación de ser un conejillo de indias. Yo era un pasatiempo celular inoperante e inerte, vamos, el montón de la placa petri. Así que el verdadero amor de M entró en celos como entra un tren en la estación y se volvieron a juntar, como las bridas de una tubería. Aprendí entre otras cosas que el amor duele de verdad, y es malo, malísimo, si te toca perder.

Luego llegó V, amiga de Milan Kundera. «La insoportable levedad del Ser» no cumple ningún requisito matemático para ser estadística creíble de la probabilidad de ocurrencia. Dicho esto, V, era matemáticamente blanca y de ojos azules, tan azules que le sacaba nubes de vez en cuando, si la calma era total, cosa que era siempre. Cuando digo total, es total. La vida entonces era una foto, estática y de color.

Más tarde llegó Y. Se apareció montada en un incienso en las profundidades de su cuarto, las velas se amontonaban por las esquinas, y tenía cuadros de grupos de música que yo no sabía ni que existían. Con ella aprendí que la vida puede ser tan libre como uno quiera, lo que pasa que no siempre es así, por mucho que lo desees. Pero Y era particularmente diferente. Su vida interior se quemaba todos los días y cada mañana renacía como el ave fénix, como si cada día fuese el último. Cuando vives siempre como si fuese el último día de tu vida sin dejar nada para el siguiente, ya pueden venir los aliens montados en un meteorito, te los comerás con picante, en una masa de pizza. Qué gracia! Venir de tan lejos y terminar en el horno con Y. Además de esta urgencia por vivir una vida entera en 24 horas, la independencia de Y era alucinógena, era una nación ella sola, IKEA no es nadie, ni lo era, ni entonces sabíamos que los suecos eran tan republicanos. Y si hablamos de sexo, con Y aquello era ubicuo. Punto. (puedes quitarlo si quieres).

Tráeme el punto de vuelta, y aparte. Llegó E.

Cuando emigras, tienes tres opciones; un puente, la iglesia, o un tiro. La cuarta se llama E.

Diáfana y comprensiva, sana y trabajadora, me subió en su hombro para ver más lejos y me dio de beber. También me dio varias cosas con las que no contaba, un principio y una hija. Eso, naturalmente es importante. Hoy puedo decir que puedo irme a pastar vacas en el cielo sabiendo que mi hija está a salvo en un mundo libre, sin retóricas ni metáforas.

Con E, si lluvia paraguas, si nieve parahielos, si niebla… Bueno, si niebla es que tengo los ojos detrás de una borrasca de invierno. Para E es bueno imaginar un cosmos milimétricamente ordenado y perfecto. Pero en el comienzo de los tiempos griegos la cueva era de todos, sin excepción.

En la actualidad, que puede ser mañana echando la vista atrás, y de la que me cantarán refranes y villancicos, en las que me interpretarán en obras de teatros famélicos porque no soy nadie en realidad, en ese hoy, sé lo que pasa contigo, a la que llamaré X de incógnita, y mucho mejor aún, dónde encontraré el tesoro de la mano de Indiana, al que pediré luego autógrafo.

Ya dije que el Olimpo te trajo liviana, delgada y etérea. Digo además que una Santera te escuchó y te puso en el Prado de la Habana mirando para el Malecón, iluminándote en la Punta con la luz del Morro. ¡Qué morro X, patear la Habana en bicitaxi! Así que los Dioses negros y blancos te han reunido como si fueses muchos tú, en una sola tú, hermosa doncella del siglo XXI, cuando ya nadie piensa en caballeros andantes, pobres extintos.

Llegas y colmas el vaso para colmo de toda una historia en primera persona, y no sé qué hacer contigo, excepto dejarme llevar, surfear las olas de aleta en aleta, dejarme tragar por una ballena como Pinocho. Qué hacer con esto que llevo dentro como una hiedra, un trepamuro, ese que está lejísimo allá en Japón. ¿Qué hacer X? ¿Cómo escapo de ti?

Ya que estás, porque existes, me gusta la elegante tranquilidad que exhibes, la amistad que te pesa como un yunque, la naturaleza de tus ojos, ya lo sabes. Me gusta la conversación incipiente acerca del Todo específico que promete ser eterna hasta que termina fugaz. Me gusta que el tiempo se detenga en una carretera abandonada y sintamos solamente el aire fresco que llega a pesar del calor. Me gusta eso, algo muy poco, apenas nada. Ya no quiero nada. Me gusta el vértigo en la boca del estómago pero no es sano, pero que más da. Me gusta cuando ries y obviamente no porque estés ausente, sino porque estás cuando nunca pensé que podrías estar. ¿Cómo llamamos a esto?

Este cuento es para adultos, X, y no sé cómo acabará.

Confieso.

ACabrera 06/