Naturalmente hacía calor, bochorno, diríamos.

Pero una suave brisa refrescante entraba por el cristal entornado.
La ventana era un holograma de luz cegadora.

Conmigo estaba cual Dios heleno del Olimpo, toda la luz del mundo.
Toda.

Las cigueñas se acurrucaban en su nido eléctrico mientras tanto,
ciegas de cariño.

Las casas a lo lejos quedaban a los lejos y en sus casas.

Las cámaras de seguridad si hubiesen, nos amarían, de tanto en tanto,
a oscuras.

El asfalto bailaba con el vaho caliente de un sol de chapapote
con rayas blancas,

los insectos se veían dobles, y triples.
las amapolas eran como manchas rojas de rubor en las mejillas de la luz.

Las carrascas se mecían
como se mece el trigo, liviano.

Las colinas se dejaban ver y sentir a lo lejos,
mientras besaba a la atmósfera verdiazul de la distancia,
su cima coronada de pinos y abedules rosas, duros y altivos,
aún estando tan cerca.

El trasero del mundo es una pelota sexy con la que jugaría
a pesar del regaño de Serrat.

Pues toda la luz del mundo tragué como túnel, y feliz.

Luego no hago más que iluminar farolas a mi paso,
aún de día, aún con un viscoso sol de medianoche.

Luego no hago más que alumbrar caras sonrientes como un arlequín,
atravesasr las nubes y bañar los campos.

Parece que soy la encarnación de la luz misma,
soy Cristo, Dios,
la libertad misma tallada en fotones,
átomos de la simplicidad.

Sí. Soy la puta luz del Universo,
pero no sin ti.

ACabrera. 2021

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