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La vida es tan melancólicamente mierdera que entiendo que muchos piensen en aparcarla en el sótano de algún centro comercial, o a la altura de algún puente lo suficientemente alto.
Por suerte, la mayoría de la gente sobrevive como bien han aprendido en la subvida alucinante, la verdadera, sobre la que nadie escribe ni comenta, o pocos.
De todas formas, siempre existirá la opción de estirar la mano, que no el pie, en alguna esquina céntrica de alguna excéntrica ciudad del Hemisferio Norte.

Siete de la mañana. Estoy inválido, tengo mujer e hijos, no quiero dinero, sólo algo para comer. Imploraba el trozo de cartón del mendigo, cita en la calle Coso, esquina a Independencia, Zaragoza.

Y la crisis mundial aterriza en las mentes de la gente como quien pisa un charco de agua para mojar al resto. Estamos empapados de agua putrefacta. Sálvese quién pueda, así como se han salvado muchos huyendo de Cuba, o no.
Ahora toca cruzar los dedos, o recoger pimientos, o repartir pizzas, que igual un día te comerás tú que de escribir tan bien, o de adular tan bien, o de pensar tan bien, estás en posición suprema de advertir que la única forma de acabar con los Castros es blasfemar en una suerte de blasfemación colectiva, o que el arte del punto y aparte, en cualquier manifestación, es rupestre.

No importa quién. No tiene la más nanométrica importancia los post que he leído acerca de si el resto está en condiciones de ser precisamente el resto. Es atómicamente imposible pensar por los demás, suponer por el resto de la gente que va en bicicleta, o a pie, que tienen que hacer colas para ir a un baño público, o aceptar la alternativa de quedarse en Cuba, quién sabe, para siempre.

Lo triste es aprovechar la rendija que te creaste ya sea publicando un libro, o innumerables libros, o siendo electo de algo, para propagar tu idea apocalíptica de una blasfemación total en Cuba a punta de fusil, solo porque quién está dentro llora de verdad por aquella mierda de país y quisiera hacer algo, excepto asaltar un cuartel.
No puedes pedir que te traigan un rabo de nube, o un corazón parido en una era en crisis. No puedes espantar huracanes.

Siete de la noche. Ya soplaba el cierzo para entonces. Zaragoza es la ciudad del viento. Un hombre de corbata y traje al pasar por el lado del mendigo tiró su cigarrillo. Cuando la mano que se extendía buscando algo que comer, reaccionó, era demasiado tarde. En una esquina tan céntrica, el tumulto de gente fue empujando a la antorcha hacia la fuente del Baturro, en la Plaza de España. Lo apagaron, pero no a tiempo.

Ahora lo que importa es que tengo a un amigo que no piensan en otra cosa que pagar el alquiler de su piso aunque sea vendiendo hamburguesa, alimentar a su hija y a sí mismo aunque sea untando el pan con mostaza, con ketchup multiétnico, multinacional. Ahora lo que le importa es la encrucijada de volver a Cuba o no, considerar si deja la puerta de la isla entreabierta, o entrecerrada, recuperar su economía y su autoestima, en tiempos de crisis.

ACRey

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