El octavo Festival Asalto ha confirmado que los muros, terrazas y el asfalto son también un lienzo que invariablemente se impone a los modos de la creación oficial. Más de una docena de artistas invitan a redescubrir la Zaragoza que ellos intuyen. Ese espacio deseado dentro de aquella urbe que se torna gris por la cotidianeidad, el olvido o el abandono.

Callejuelas que buscan paisajes más elevados, construcciones y colores que reclaman la imaginación de lo inesperado.

Intervenciones que insinúan un uso más lúdico y a la vez cívico de áreas aún degradadas. No sabemos si frente a la indiferencia de sus habitantes o bien a su pesar, en un grito colectivo por lograr su complicidad. Un código distinto para arrojar luz sobre la participación ciudadana, el desarrollo urbanístico y la ciudad que asoma de entre sus raíces. Nuevas reflexiones para la ética y la estética urbanas.

Así, junto a la revisión de ambientes y a los edificios de nueva factura, entre la música y los silencios de El Gancho, oímos aún fachadas que exclaman contra el deterioro para exhibir nostalgias de vida mediterránea, como ésta de la calle Armas a la que pone voz el colectivo Yomimoko & Co.

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