Eran las 4 de la madrugada. Me despertó el tintineo de las gotas de agua en la ventana. Llovía. Pero, ¿y si nevaba? Me levanté y fui al balcón. Nevaba. Grandes copos se apagaban a la luz amarillenta de las farolas para dejar paso a las gotas de aguas, que volvían al estado ingrávido de la nieve minutos después. Es curioso cómo la flotabilidad de la nieve se contagia. Sentí de pronto libertad. Los cuerpos oscuros de la noche dejaban huellas, los coches todos se volvían blancos poco a poco. Me acosté.

A las 6 salí de casa para fotografiar a esa nieve escurridiza en Zaragoza. Las fotos no son buenas. Acaso sólo tienen ese valor documental de que una vez nevó en Zaragoza, mucho tiempo después de aquel año 2005, dicen las noticias. Pero recuerdo muy bien el año 2003 cuando mi pareja embarazada era atendida en la clínica del Paseo de Sagasta. La niña aún por nacer dibujaba curvas con su corazón en una máquina testigo. Y ese día nevó muchísimo en el Paseo. Pero mi hija no se llama Nieves.

 

Zaragoza

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