Los hijos todos van juntos al cole y nada como extender la escuela al fin de semana en una especie de  hermandad fraterna inviolable. El destino era el Campamento de Montañeros en Benasque, un pueblo entretenedor en el Pirineo aragonés, perfecto, bonito, diseñado para el turismo de montaña en cualquier época del año.

Los padres se unieron en un viaje sin precedentes más allá de la rutina y los escasos saludos en la puerta de entrada al cole. La montaña une. Y si no que lo cuente el burro mordedor que salió a nuestro paso y que hizo que saliésemos corriendo montaña arriba, colaborando.

El paseo por el río Ésera con el arcoíris al fondo, estampa impredecible. El camino por momentos desaparecido con las últimas lluvias y riadas, por lo que había que ingeniárselas para saltar sobre piedras lisas y minipuentes de papel.

Un tiempo de calor horrible, a destiempo, a deshora, cuando en Abril se supone que el fresquito ayuda a los paseos extenuantes por la nieve de los Llanos del Hospital, un poco más allá de Benasque, la última frontera con Francia.

El calor y el polvo de África se mezcló lo suficiente para romper el inmaculado blanco de la nieve. Los aludes nos perseguían cuando nuestros pasos enfundaban raquetas para la nieve. Una señal nos advirtió que al menos estábamos a 2 metros del suelo. O visto de otra forma, que podíamos tocar las copas de los pinos más jóvenes.

Golpes húmedos. Culos fríos. Caídas necesarias en la nieve que sin ellas se corre el riesgo de ser tildado de mentiroso ¡no esquiaste!, o que fuese aburrido esquiar, raquetear, montar en burro, aunque en los Llanos no había asnos, pero da igual.

Lo importante fue, y ha sido siempre, que los padres y los niños intercambiaron papeles de afecto, amistad, y colaboración.

Disfruten de las fotos! Arriba y abajo!

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